El escritor palestino Khaled Barakat sostiene que el VIII Congreso de Fatah no representa una verdadera revisión nacional del rumbo político palestino, sino una expresión de la profunda crisis estructural que atraviesa la dirección tradicional palestina en medio de la guerra genocida contra Gaza, el avance acelerado de la colonización y la marginación continuada del pueblo palestino en el exilio.
Khaled Barakat
El pueblo palestino no presta atención alguna a la celebración del VIII Congreso de Fatah. El movimiento que en otro tiempo fue la columna vertebral del movimiento de liberación palestino se ha convertido hoy en algo más cercano a una empresa corporativa y a un partido de poder que controla los aparatos de seguridad y el dinero, dominando las estructuras de la Autoridad Palestina en Ramala. Un partido sin alma ni pensamiento político, cuya existencia depende de la decisión de la ocupación, del apoyo de ciertos regímenes del Golfo —especialmente Arabia Saudí—, de los Estados de la normalización y de aparatos de inteligencia en Washington y Tel Aviv. No conocemos ningún movimiento político que se degrade más con cada “congreso nacional” como ocurre con Fatah.
El llamado “VIII Congreso Nacional General” se celebra en medio de una lucha feroz entre distintos centros de poder internos, en un momento que coincide con 78 años de expulsión y desposesión, mientras la causa palestina se enfrenta a intentos de liquidación y disolución. Todo ello sucede mientras el pueblo palestino afronta una guerra genocida abierta en Gaza, una aceleración de la colonización en Cisjordania y Jerusalén, leyes racistas en la Palestina ocupada de 1948 y una marginación constante de las y los refugiados palestinos en el exilio.
Este encuentro se celebra en la Ramala ocupada con autorización del ocupante y bajo su vigilancia directa. Ese hecho, por sí solo, revela la profundidad de la crisis estructural que atraviesa la dirección palestina tradicional y confirma que el actual camino político ha pasado del bloqueo y el estancamiento a una derrota integral de la élite económica palestina asociada al modelo de la llamada «paz económica» y a los intermediarios de los bancos israelíes.
La división dentro de Fatah no es simplemente una disputa organizativa ni una diferencia de criterios, como algunos intentan presentar, sino el reflejo del colapso de un proyecto entero construido sobre la ilusión del “Estado independiente” y los Acuerdos de Oslo. Se trata del proyecto de una clase palestina subordinada que se apropió de las instituciones palestinas, monopolizó el control de los aparatos represivos y de la representación oficial de la OLP, convirtiendo su función en la consolidación de la ocupación y la protección de sus intereses y privilegios.
El movimiento que un día dirigió el “proyecto nacional palestino” se ha transformado, bajo el dominio de una élite parasitaria, una dirección individualizada y unos aparatos burocráticos y de seguridad, en una estructura en crisis, desprovista de legitimidad y de brújula nacional, desconectada de la calle palestina y de la batalla de liberación que se desarrolla sobre el terreno. Incluso se encuentra desconectada de sus propias bases y militantes. La gran pregunta popular hoy es: ¿Dónde está Fatah mientras el pueblo palestino sufre una guerra de exterminio?
“Un movimiento incapaz de alcanzar su propia unidad interna no podrá unificar al conjunto del movimiento nacional palestino ni al pueblo palestino.”
La continuidad del monopolio de la llamada “decisión independiente” dentro del movimiento, de la Autoridad Palestina y de la OLP ha consolidado una dirección individual que convirtió las instituciones en estructuras vacías, debilitó la organización, marginó a los cuadros militantes y cerró cualquier posibilidad de una revisión real del desastroso camino político seguido hasta ahora.
En lugar de ser un marco de lucha nacional, Fatah ha sido transformada en una herramienta de gestión de la realidad impuesta bajo el techo de la ocupación, incluyendo la continuidad de la coordinación en materia de seguridad y la represión de la acción nacional resistente. Un movimiento incapaz de resolver sus propias fracturas internas no podrá liderar la unidad del movimiento nacional palestino ni del conjunto del pueblo palestino.
El Congreso de Ramala vino a reflejar claramente esta decadencia. En vez de convertirse en una estación de revisión profunda en medio de las grandes transformaciones que atraviesa el escenario palestino, el congreso se pareció más a una reproducción de la misma crisis, pero bajo reglas todavía peores: lógica hereditaria por un lado y ausencia total de respuesta a las grandes cuestiones nacionales por otro.
No existe una posición clara frente a la guerra genocida en Gaza, ni una revisión del fracasado camino de las negociaciones, ni una visión seria para enfrentar la colonización que devora lo que queda de la tierra palestina. Mientras tanto, la participación del exilio fue simbólica y marginal, después de años de exclusión sistemática de las y los palestinos en la diáspora, que representan la profundidad histórica, demográfica y política de la causa palestina. Hoy, esa misma política de marginación alcanza incluso al propio movimiento Fatah.
Lo que mostró este congreso es una expresión evidente de la derrota de la dirección tradicional frente a la realidad colonial sionista y de su incapacidad para presentar cualquier alternativa política o estratégica capaz de responder al momento histórico actual. Mientras la resistencia en Gaza y Cisjordania libra batallas decisivas y el movimiento de prisioneras y prisioneros enfrenta una lucha sin precedentes, la dirección oficial continúa atrapada en la dependencia, la arrogancia política y la justificación permanente de su fracaso.
Esta crisis estructural ya no puede resolverse mediante reformas superficiales ni cambios organizativos internos. Exige una revisión integral de toda la estructura del sistema político palestino. Mantener este rumbo significa profundizar la fragmentación, la debilidad y prolongar la vida de la ocupación.
La actual Autoridad Palestina ya ni siquiera puede considerarse una “autoridad de Fatah”, sino la autoridad de una clase política que actúa según el programa y las necesidades de la ocupación, así como de quienes dictan las orientaciones desde Washington, Riad y Tel Aviv.
“La actual Autoridad Palestina ya ni siquiera es una ‘Autoridad de Fatah’, sino la autoridad de una clase que actúa según el programa y las necesidades de la ocupación.”
Por ello, se hace urgente construir una alternativa revolucionaria capaz de proteger el proyecto de liberación palestino y reconstruir sus bases sobre nuevos fundamentos: la unidad del pueblo y de la tierra, y la construcción de un frente nacional unificado que represente al pueblo palestino tanto en la Palestina ocupada como en el exilio, lejos de la lógica del monopolio y la exclusión.
El momento histórico actual exige una ruptura clara con el camino de las negociaciones y de la coordinación en materia de seguridad, así como una apuesta total por la resistencia integral como único camino capaz de enfrentar el proyecto colonial sionista y recuperar los derechos nacionales palestinos inalienables, en dirección a la liberación y al retorno.