Artículo exclusivo para la RedH de Jaldía Abubakra (activista palestina, integrante del Comité Ejecutivo de Masar Badil y miembro del Movimiento de Mujeres Palestinas Alkarama)
Durante décadas, uno de los principales instrumentos del colonialismo y de los sistemas de dominación no ha sido únicamente la fuerza militar, sino la construcción de una mentalidad de derrota. Antes incluso de destruir ciudades, encarcelar militantes o bombardear pueblos enteros, el poder intenta convencer a los oprimidos de que resistir no tiene sentido. Que la correlación de fuerzas es demasiado desigual. Que el enemigo es demasiado poderoso. Que no hay alternativa posible salvo la rendición.
Ese discurso se repite hoy constantemente respecto a Palestina. Se nos dice que el sionismo es invencible porque posee uno de los ejércitos más sofisticados del mundo, porque cuenta con el respaldo económico, militar y diplomático de Estados Unidos y de las principales potencias occidentales, porque controla tecnología avanzada, inteligencia, fronteras, recursos y un inmenso aparato mediático internacional capaz de imponer su narrativa en gran parte del planeta.
La intención de ese discurso no es solamente describir una realidad militar. Su objetivo es mucho más profundo: destruir la esperanza política, romper la voluntad colectiva del pueblo palestino y convencer al mundo de que toda resistencia está condenada al fracaso.
Sin embargo, basta observar la historia para descubrir que ese mismo argumento ha acompañado prácticamente a todas las luchas de liberación que hoy son recordadas como ejemplos universales de dignidad y resistencia.
También parecía imposible derrotar al colonialismo francés en Argelia.
También parecía imposible que Vietnam resistiera al ejército más poderoso del planeta.
También parecía imposible acabar con el apartheid en Sud África.
También parecía imposible que los pueblos colonizados de África y Asia expulsaran a los imperios europeos.
También parecía imposible que una experiencia revolucionaria como la Comuna de París, rodeada por enemigos y aplastada militarmente en apenas 72 días, pudiera convertirse en uno de los símbolos políticos más importantes de la historia moderna.
Y, sin embargo, la historia demostró una y otra vez que la superioridad militar no garantiza la victoria histórica.
Los imperios siempre intentan presentarse como eternos. Necesitan hacerlo. Necesitan convencer a los pueblos de que resistir es inútil porque su poder es absoluto. Pero ningún imperio ha sido eterno. Ningún sistema colonial ha permanecido intacto para siempre. Ningún régimen de opresión logró eliminar completamente la voluntad de los pueblos de luchar por su dignidad y su libertad.
Todos esos sistemas disponían de ejércitos superiores, tecnología avanzada, apoyo económico y legitimidad internacional.
Y aun así enfrentaron algo que ningún imperio logra controlar completamente: la decisión de los pueblos de seguir resistiendo.
Eso no significa romantizar el sufrimiento ni ignorar el enorme costo humano que enfrentan los pueblos bajo ocupación y colonización. Significa comprender que la historia nunca avanza únicamente según el equilibrio militar del momento.
Si así fuera, gran parte de los pueblos del mundo seguirían hoy bajo dominio colonial.
Palestina forma parte de esa historia larga de resistencia humana frente a proyectos coloniales que parecían invencibles.
Y quizás ahí reside una de las cuestiones más importantes que hoy debemos comprender: la resistencia palestina no comenzó el 7 de octubre, ni surgió únicamente con las organizaciones contemporáneas de resistencia. Palestina lleva más de cien años resistiendo al colonialismo, al despojo, a la limpieza étnica y a los intentos permanentes de borrar la existencia misma del pueblo palestino.
Desde la Gran Revuelta Palestina de 1936-1939 contra el mandato británico y el proyecto colonial sionista, pasando por la Nakba de 1948, los campos de refugiados, las organizaciones revolucionarias palestinas, las intifadas populares, las huelgas de hambre de las prisioneras y prisioneros, hasta la resistencia cotidiana en Gaza y Cisjordania, Palestina ha producido múltiples formas de lucha, organización y supervivencia colectiva.
La resistencia palestina no es solamente armada. Es también cultural, popular, educativa, política, feminista, comunitaria y profundamente humana. Existe en la madre que enseña a sus hijos el nombre de la aldea destruida de la que fue expulsada su familia. Existe en quienes conservan las llaves de las casas robadas en 1948. Existe en las personas prisioneras que convierten la cárcel en escuela política. Existe en quienes siguen escribiendo, enseñando, cultivando la tierra, documentando los crímenes y organizando vida colectiva incluso bajo las bombas.
Por eso Gaza representa hoy mucho más que un territorio bajo asedio. Gaza simboliza la persistencia de un pueblo que, pese al hambre, la destrucción masiva y la violencia extrema, se niega a desaparecer.
Y precisamente ahí radica el verdadero miedo del colonialismo.
El poder colonial nunca teme únicamente las armas de los pueblos. Teme sobre todo el ejemplo político y moral que produce la resistencia.
La Comuna de Paris fue aplastada de manera brutal durante la llamada “Semana Sangrienta”. Decenas de miles de comuneros fueron ejecutados por el ejército francés. Pero el objetivo no era solamente recuperar París. El objetivo era destruir el ejemplo político de un pueblo que había demostrado que los de abajo podían organizarse, resistir y desafiar al poder establecido.
Lo mismo ocurre hoy con Palestina.
La violencia extrema ejercida contra Gaza no puede explicarse únicamente desde una lógica militar. También responde a una necesidad política y colonial de transmitir un mensaje al mundo entero: cualquier pueblo que desafíe el orden impuesto será castigado de forma ejemplarizante.
Por eso el castigo colectivo, el hambre, la destrucción sistemática de hospitales, universidades, escuelas, panaderías, infraestructuras de agua y barrios enteros forman parte de una estrategia de terror colonial dirigida no solo contra Palestina, sino contra la propia idea de resistencia.
Sin embargo, la historia demuestra algo que los imperios nunca terminan de comprender: las masacres no siempre producen obediencia. Muchas veces producen memoria, conciencia y nuevas generaciones de lucha.
Eso ocurrió en Argelia. Ocurrió en Vietnam. Ocurrió en Sudáfrica. Y ocurre hoy en Palestina.
Existe además otro patrón histórico que se repite constantemente. El colonizador siempre necesita criminalizar la resistencia de los pueblos para justificar una violencia ilimitada contra ellos.
Los resistentes argelinos fueron llamados terroristas por Francia.
Los combatientes del ANC sudafricano fueron perseguidos y criminalizados durante décadas. Nelson Mandela permaneció oficialmente en listas de “terrorismo” occidentales hasta tiempos relativamente recientes.
Vietnam fue presentado ante el mundo como una amenaza bárbara frente a la supuesta “civilización occidental”.
Incluso los comuneros de París fueron descritos como criminales salvajes, enemigos del orden y amenazas para la sociedad.
El colonialismo siempre necesita deshumanizar al pueblo que resiste. Necesita presentar al resistente como irracional, fanático o violento por naturaleza, ocultando deliberadamente las causas reales de la resistencia: la ocupación, el apartheid, el saqueo, el racismo y la colonización.
Palestina no escapa a esa lógica.
El sionismo y sus aliados intentan constantemente reducir toda forma de resistencia palestina a la categoría de “terrorismo”, negando el contexto colonial y el derecho de un pueblo ocupado a resistir el despojo y la limpieza étnica.
Pero la historia demuestra que el juicio de los imperios rara vez coincide con el juicio de los pueblos.
Muchos de quienes fueron perseguidos como “terroristas” terminaron siendo reconocidos por la historia como símbolos de liberación y dignidad humana.
Y aun así, sería un error idealizar los procesos revolucionarios o pensar que las luchas de liberación avanzan de manera lineal o perfecta. La historia real de los pueblos es mucho más compleja.
Las revoluciones y los procesos anticoloniales no siempre triunfan a la primera. Muchas veces atraviesan derrotas, retrocesos, contradicciones y nuevas etapas de reorganización. Cada experiencia deja enseñanzas, memoria política y acumulación histórica para las generaciones siguientes.
La Comuna de París fue derrotada militarmente, pero su legado político influyó durante décadas en movimientos revolucionarios de todo el mundo.
Vietnam resistió durante años antes de derrotar a Estados Unidos.
Argelia atravesó enormes sacrificios humanos antes de conquistar la independencia.
Las luchas anticoloniales africanas fueron el resultado de generaciones enteras de rebeliones, huelgas, organización clandestina y resistencia popular.
Incluso los procesos de independencia africanos muestran que las victorias nunca son completas o definitivas de manera inmediata. El fin del apartheid en Sudáfrica fue una victoria histórica gigantesca contra uno de los regímenes racistas más brutales del siglo XX. Derribó la legitimidad internacional del apartheid y abrió una nueva etapa para el pueblo sudafricano.
Pero también es cierto que gran parte del poder económico continúa concentrado en manos de la vieja oligarquía y burguesía blanca vinculada históricamente al colonialismo y al capital internacional. La desigualdad estructural, el control de la tierra y muchas formas de exclusión continúan marcando la realidad sudafricana.
Eso no significa que la lucha sudafricana haya sido inútil. Significa exactamente lo contrario: las luchas de liberación son procesos largos, complejos y acumulativos. La caída de un régimen político no elimina automáticamente todas las estructuras económicas y sociales construidas durante siglos de colonialismo.
Lo mismo ocurre hoy en distintos países africanos que, tras conquistar formalmente la independencia, continúan enfrentándose a nuevas formas de dependencia económica, militar y política. En lugares como Burkina Faso y otras regiones del Sahel vemos cómo resurgen procesos populares que cuestionan nuevamente la subordinación al neocolonialismo francés y a las estructuras internacionales de dominación.
La historia demuestra que los pueblos avanzan mediante acumulación histórica. Ninguna generación comienza desde cero. Cada etapa de resistencia deja experiencias, organización, memoria y conciencia política que alimentan las luchas futuras.
Y eso es precisamente lo que representa Palestina hoy.
Después de más de un siglo de colonialismo, expulsión, ocupación, masacres, exilio, cárceles y asedio permanente, el pueblo palestino sigue existiendo. No ha abandonado su identidad nacional. No ha aceptado desaparecer. No ha renunciado a Palestina.
Y ese hecho, por sí mismo, ya constituye una derrota política para el proyecto colonial que soñaba con borrar al pueblo palestino de la historia.
La resistencia de Gaza conecta así con la memoria universal de los pueblos sitiados que decidieron no rendirse pese a la desproporción absoluta de fuerzas. Como Madrid frente al fascismo durante la Guerra Civil Española. Como el Levantamiento del Gueto de Varsovia frente al exterminio nazi. Como Argel frente al colonialismo francés. Como Vietnam frente a los bombardeos estadounidenses.
No porque todas esas experiencias sean idénticas, sino porque todas expresan una misma verdad histórica: incluso cuando un pueblo parece militarmente más débil, puede alterar profundamente el curso de la historia mediante la resistencia prolongada.
La fuerza material no es el único elemento que define el resultado de un conflicto. También cuentan la legitimidad, la capacidad de resistencia, la memoria colectiva, el arraigo popular y el desgaste político y moral del opresor.
Palestina ocupa hoy un lugar central en la conciencia política mundial porque representa una pregunta que atraviesa nuestro tiempo: ¿puede un pueblo seguir defendiendo su humanidad frente a uno de los sistemas de violencia colonial más sofisticados del planeta?
Y la respuesta palestina, desde Gaza hasta los campos de refugiados y la diáspora, sigue siendo afirmativa.
Por eso Palestina inspira a millones de personas en todo el mundo. Porque recuerda que la resistencia no nace de la garantía de victoria inmediata, sino de la negativa a aceptar la injusticia como destino.
A quienes hoy repiten que no se puede vencer al sionismo porque tiene más armas, más dinero y más aliados, la historia les responde con la memoria de todos los pueblos que fueron considerados derrotados antes de conquistar su libertad.
Palestina no está fuera de esa historia.
Palestina es hoy uno de sus nombres más vivos.
(Artículo exclusivo para la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales En Defensa de la Humanidad de Jaldía Abubakra, Palestina)