Falta muy poco para el trigésimo aniversario de la Conferencia de Madrid, en la que las élites palestinas se arrogaron la posibilidad de comerciar con los Derechos Fundamentales de todo el pueblo palestino. Compraron una limitada autonomía en el marco de la Autoridad Nacional Palestina, subordinada a los intereses políticos y militares del ocupante. Vendieron el Derecho al Retorno completo de todas aquellas masas palestinas desheredadas que no procedían de las costas mediterráneas a norte y sur de la ciudad de Gaza, ni del margen oeste del río Jordán. Liquidaron el crédito internacional de la propia Palestina, reconociendo a la Entidad Sionista. Trataron de eliminar los acuerdos colectivos de todo un pueblo, recogidos en nuestra Carta Nacional. Y todo con gran satisfacción del ocupante, que a cambio de esas preciosas prebendas sólo tendría que hacer cesiones temporales y simbólicas.

El movimiento sionista asistía a una nueva y grata escena con gesto pretendidamente serio. Aquella seriedad impostada del mercader pícaro que ha vendido quincalla a precio de joya al turista crédulo, y aún hace como que se lamenta y reprocha no haber sacado beneficio de la compraventa. Tras la mueca de vendedor dolido, una sonrisa. ‘Hoy se va de casa la Resistencia, pero mañana seguirá en su sitio la ocupación’, piensan. Y así, embutido el disfraz de Jacob, se pusieron encantados a guisar lentejas para este Esaú. Las élites del mundo, que sólo se deben a sus propios intereses independientemente de las banderas que ondeen y los nombres que gasten, confunden la razón con la fuerza, no saben diferenciar entre los Derechos Inalienables de los pueblos y las vulgares primogenituras con las que pueden negociar.

Hijas, hijos de Palestina en lo que Martí llamaba Nuestra América, son necesarias vuestras voces en la nueva conferencia de Madrid. Es un clamor que nuestra patria, nuestra lucha de liberación, nuestra Revolución Palestina, sea por y para el pueblo. Sin mercaderías, sin traiciones, sólo con Justicia. Un nuevo tiempo revolucionario. Una Palestina libre, construida desde abajo, por quienes se ganan el sustento con el sudor de su frente, por quienes sufren en sus carnes la opresión, y tienen que luchar por vivir su vida. Y así, la Palestina trabajadora, la palestina mujer, la palestina joven, abra las grandes alamedas para pasar libres. Para construir una sociedad mejor.

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