Desde Egipto hasta América Latina y el Estado español, la universidad ha sido históricamente un espacio de politización y producción de cuadros militantes. Hoy, en un contexto de vigilancia global y represión interconectada, el Diluvio de Al-Aqsa ha vuelto a situar a Palestina en el centro de la reactivación estudiantil internacional. Comprender estas dinámicas comparadas es clave para reconstruir un movimiento estudiantil duradero, vinculado a las luchas populares y capaz de sostener la solidaridad con el pueblo palestino.
La universidad como frente de lucha: movimiento estudiantil, control global y Palestina como brújula de la juventud rebelde
La historia del movimiento estudiantil en las últimas décadas, desde Egipto hasta América Latina y el Estado español, muestra que la universidad sigue siendo uno de los espacios estratégicos donde se decide el futuro político de las sociedades. Allí se forman generaciones, se construyen visiones del mundo y se ensayan formas de organización que, en determinados momentos históricos, pueden desbordar el campus y conectarse con las luchas populares. Por eso, cuando el poder busca estabilizar el orden, una de sus prioridades es siempre la misma: controlar, desactivar o destruir la universidad como espacio político.
El caso egipcio es quizá el ejemplo más brutal de esta lógica. Tras la derrota de la revolución de 2011 y el golpe militar de 2013, el régimen no se limitó a reprimir protestas estudiantiles; emprendió una estrategia sistemática para impedir la existencia misma del estudiante político. Asesinatos dentro de campus, miles de detenciones, expulsiones masivas y control administrativo total transformaron la universidad en un espacio vigilado y despolitizado. El objetivo era generacional: producir juventud sin memoria revolucionaria. La universidad egipcia fue cerrada, literalmente, “con llave”.
Sin embargo, si ampliamos la mirada más allá de Egipto, vemos que la universidad es un campo de disputa global. En Palestina, bajo colonialismo de asentamiento, la represión universitaria es aún más violenta: incursiones militares, arrestos masivos, asesinatos selectivos y persecución permanente de organizaciones estudiantiles. Pero, a diferencia de Egipto, la politización no puede ser eliminada. La razón es estructural: la universidad palestina forma parte del tejido del movimiento nacional de liberación. Los estudiantes no son un sector aislado, sino parte orgánica de la sociedad en resistencia. Por eso, incluso bajo ocupación, las universidades siguen produciendo militancia, liderazgo y movilización.
En América Latina, la historia es distinta pero convergente. Las universidades han sido históricamente semilleros de luchas populares, desde la Reforma de Córdoba hasta los ciclos estudiantiles en Chile, México, Colombia o Argentina. Allí el poder no destruyó completamente el movimiento, pero lo enfrentó mediante represión selectiva, neoliberalización educativa y cooptación institucional. La universidad se mercantilizó, la militancia se fragmentó y muchas dirigencias estudiantiles fueron absorbidas por el Estado o por la política institucional. Sin embargo, cada crisis social importante vuelve a reactivar al estudiantado latinoamericano, especialmente cuando conecta con luchas más amplias contra el neoliberalismo y la desigualdad.
El Estado español representa otra modalidad de control: la desactivación sin prohibición. Tras el ciclo antifranquista y las movilizaciones de finales del siglo XX y comienzos del XXI, la universidad fue progresivamente transformada en un espacio competitivo, burocratizado y precarizado. La representación estudiantil se institucionalizó sin poder real, la militancia se volvió episódica y generacional, y la relación con los movimientos sociales se debilitó. No hubo destrucción violenta del movimiento estudiantil, pero sí su neutralización estructural. Cada nueva ola estudiantil aparece sin continuidad organizativa con la anterior, obligada a recomenzar desde cero.
Estos cuatro contextos —Egipto, Palestina, América Latina y Estado español— muestran formas distintas de una misma dinámica global: el poder intenta impedir que la universidad funcione como espacio de politización autónoma. Y esa dinámica hoy está profundamente atravesada por la tecnología de vigilancia y control desarrollada por la entidad sionista. Palestina ha sido durante décadas laboratorio de tecnologías represivas: sistemas de reconocimiento facial, vigilancia digital, control de poblaciones, bases de datos biométricos y software de persecución política. Estas herramientas, probadas sobre el pueblo palestino, han sido luego exportadas a gobiernos de todo el mundo, incluidos países latinoamericanos y europeos, reforzando el control sobre poblaciones, activistas y movimientos sociales. Así, la represión universitaria y social ya no es solo nacional: forma parte de un complejo global de seguridad donde la experiencia colonial sionista se convierte en modelo.
Esta dimensión global del control confirma otra verdad fundamental: las luchas tampoco pueden entenderse de manera aislada. Lo que ocurre en Palestina repercute en Egipto, en América Latina y en el Estado español; y las dinámicas de represión o movilización en un lugar terminan influyendo en otros. La universidad es uno de los espacios donde esa conexión se vuelve visible. Históricamente, las causas internacionales han reactivado la politización estudiantil: Vietnam en los años sesenta, Irak en los 2000, y hoy Palestina.
En este sentido, el Diluvio de Al-Aqsa ha vuelto a situar la cuestión palestina en el centro de la conciencia juvenil global. Las movilizaciones estudiantiles por Gaza, los campamentos universitarios, las campañas de boicot académico y las ocupaciones de campus en numerosos países han reabierto la universidad como espacio político. Este resurgir confirma algo que la historia ya mostró: Palestina actúa como catalizador de radicalización y articulación internacionalista de la juventud.
Pero la experiencia comparada también advierte un riesgo. Los ciclos de movilización estudiantil tienden a ser estacionales si no se traducen en organización duradera y vínculo con movimientos sociales. Cuando la ola internacional disminuye, el campus vuelve a cerrarse. Egipto muestra lo que ocurre cuando la represión encuentra un movimiento sin estructuras sólidas; el Estado español, lo que ocurre cuando la movilización no logra continuidad; América Latina, cómo la cooptación puede absorber energías; y Palestina, en cambio, demuestra que la conexión orgánica entre estudiantes y pueblo permite sostener la politización incluso bajo condiciones extremas.
La relación entre movimiento estudiantil y movimientos sociales es, por tanto, decisiva. La universidad se vuelve políticamente relevante cuando deja de ser un espacio aislado de clase media y se conecta con trabajadores, comunidades y luchas populares. Allí donde esa relación se rompe, el movimiento estudiantil se debilita; donde se mantiene, se convierte en motor de cambio. La historia de todas las revoluciones modernas confirma que estudiantes y trabajadores han actuado como fuerzas complementarias: la energía y radicalidad juvenil unida a la base social amplia.
Por eso, el resurgir estudiantil global vinculado a Palestina plantea una tarea estratégica: cómo cuidar y sostener esta reactivación para que no sea temporal. La memoria militante, la organización autónoma y la conexión con luchas sociales deben transformarse en continuidad generacional. No se trata solo de movilizarse por Palestina, sino de reconstruir en cada país un movimiento estudiantil capaz de permanecer activo más allá de las coyunturas.
La universidad sigue siendo un terreno central de disputa política mundial. El poder lo sabe, y por eso invierte en su control. La experiencia palestina demuestra que incluso bajo represión extrema puede seguir siendo un espacio de resistencia; Egipto y el Estado español muestran que puede ser destruida o neutralizada si pierde organización y vínculos sociales; América Latina revela que puede reactivarse en ciclos de crisis.
En todos los casos, la conclusión es la misma: la lucha estudiantil forma parte de una lucha global interconectada. Y en esa geografía de resistencias, Palestina continúa siendo la brújula que orienta a las nuevas generaciones hacia la liberación.