Mientras las potencias imperialistas intentan preservar un orden internacional basado en la guerra, las sanciones, la ocupación y el saqueo de los pueblos, las fuerzas de la resistencia han demostrado que el dominio imperialista no es invencible. Desde Palestina hasta Bolivia, desde Irán hasta Cuba, pasando por Venezuela, Yemen, el Líbano y Palestina, emerge una realidad cada vez más evidente: los pueblos que luchan por su soberanía están alterando el equilibrio mundial y abriendo una nueva etapa histórica.

Vivimos una etapa histórica marcada por profundas transformaciones y confrontaciones a escala internacional. Mientras las potencias imperialistas intentan preservar un orden mundial basado en la guerra, las sanciones, la ocupación y el saqueo de los pueblos, cada vez resulta más evidente que su dominio ya no es absoluto.». Desde Palestina hasta Bolivia, desde Irán hasta Cuba, pasando por Venezuela, Yemen y el Líbano, los pueblos que luchan por su soberanía están demostrando que la historia no ha terminado y que la resistencia sigue siendo una fuerza capaz de alterar el curso de los acontecimientos.

La realidad internacional se ha vuelto más clara que en cualquier otro momento de las últimas décadas. Más allá de las diferencias culturales, religiosas o ideológicas que existen entre los pueblos y movimientos del mundo, la contradicción principal que atraviesa nuestra época enfrenta a dos grandes campos. Por un lado, el campo imperialista encabezado por Estados Unidos, la OTAN y sus aliados occidentales, decidido a preservar un sistema de dominación política, económica y militar que garantice el control de los recursos, los mercados y que busca impedir que los pueblos ejerzan plenamente su soberanía y decidan libremente su propio destino. Por otro lado, el campo de la resistencia, integrado por movimientos de liberación nacional, fuerzas revolucionarias, organizaciones populares y pueblos que se niegan a aceptar la subordinación y continúan luchando por su independencia y su derecho a decidir su propio destino.

Esta realidad permite comprender acontecimientos que habitualmente son presentados como conflictos aislados o desconectados entre sí. Palestina, Irán, Cuba, Venezuela, Bolivia, Yemen o el Líbano no constituyen escenarios independientes. Son expresiones distintas de una misma confrontación histórica entre quienes buscan imponer un orden imperial basado en la dominación y quienes luchan por la soberanía, la justicia y la liberación.

La agresión permanente contra Irán constituye uno de los ejemplos más claros de esta lógica. El problema para el imperialismo no es una política concreta del gobierno iraní ni una decisión coyuntural. El problema es la existencia misma de un Estado que mantiene una capacidad real de decisión soberana y que se ha negado durante décadas a integrarse en el sistema de subordinación regional diseñado por Washington y sus aliados. Por ello, Irán ha sido objeto de sanciones, amenazas, sabotajes, asesinatos selectivos y agresiones militares constantes.

La misma lógica opera contra Cuba, sometida durante más de sesenta años a un bloqueo criminal cuyo objetivo es castigar a un pueblo por haber elegido un camino independiente. Es también la lógica que explica la agresión permanente contra Venezuela y los intentos de controlar sus recursos estratégicos. Del mismo modo, se manifiesta en los continuos esfuerzos por desestabilizar procesos soberanos en América Latina, como los vividos en Bolivia, donde las fuerzas populares han debido enfrentar reiterados intentos de injerencia externa destinados a impedir que el pueblo ejerza plenamente el control sobre sus riquezas y su futuro.

Sin embargo, ninguna lucha expresa hoy con tanta claridad esta contradicción como Palestina. La guerra genocida que el régimen sionista desarrolla contra el pueblo palestino no constituye únicamente una agresión contra Gaza o contra un territorio concreto. Representa un intento de aplastar uno de los símbolos más importantes de resistencia al colonialismo y a la dominación imperialista de nuestro tiempo. Pero lejos de lograr ese objetivo, la agresión ha provocado una movilización internacional sin precedentes y ha reforzado la conciencia de millones de personas en todo el mundo sobre la centralidad de la causa palestina.

Palestina ha demostrado que incluso frente a una enorme superioridad militar es posible resistir, alterar los cálculos del enemigo y desafiar proyectos que parecían inamovibles. Por ello, la lucha palestina se ha convertido en una referencia para los pueblos del mundo y en un punto de encuentro para quienes entienden que la liberación de Palestina forma parte inseparable de una lucha más amplia contra el colonialismo, el racismo, el sionismo y el imperialismo.

En Europa y en otros lugares se habla frecuentemente de la resistencia como una idea abstracta, desprovista de actores concretos. Sin embargo, la resistencia tiene nombres, organizaciones e historia. Las principales fuerzas que hoy enfrentan al sionismo y al imperialismo en nuestra región son Hezbollah en el Líbano, Hamas y la Yihad Islámica en Palestina, Ansarallah en Yemen y otras organizaciones que integran el eje de la resistencia. Son estas fuerzas las que soportan los bombardeos, los bloqueos, las campañas de criminalización y los intentos permanentes de eliminación. Son estas fuerzas las que han impedido que los planes del imperialismo y del sionismo alcancen plenamente sus objetivos.

Uno de los fenómenos más relevantes de los últimos años ha sido precisamente el fortalecimiento de la coordinación entre estas fuerzas. Frente a las divisiones que históricamente debilitaron a los pueblos, las organizaciones de resistencia han desarrollado mecanismos de cooperación política, estratégica y mediática cada vez más sólidos. Han comprendido que Palestina no puede separarse del Líbano, que Yemen no puede separarse de Irán y que la defensa de Cuba, Venezuela o Bolivia forma parte de la misma lucha global contra la hegemonía imperialista.

Esta comprensión estratégica ha permitido avanzar hacia formas de coordinación que hace apenas unos años parecían imposibles. Las fuerzas de la resistencia han entendido que los ataques contra cualquiera de ellas forman parte de una misma ofensiva y que la solidaridad efectiva exige actuar desde una visión integral de la confrontación.

Desde su fundación en Madrid, Masar Badil – Movimiento Ruta Revolucionaria Alternativa Palestina ha defendido precisamente esta perspectiva. Frente a quienes intentan fragmentar las luchas y reducirlas a problemas locales o nacionales, Masar Badil ha insistido en la necesidad de construir un amplio frente internacional de resistencia frente al imperialismo y el sionismo. La realidad actual confirma cada día la validez de esta orientación.

La solidaridad simbólica, aunque necesaria, ya no es suficiente. La magnitud de la ofensiva imperialista exige formas más avanzadas de coordinación política, organizativa y popular. Se trata de fortalecer alianzas entre movimientos de liberación nacional, organizaciones revolucionarias, sindicatos combativos, movimientos juveniles, organizaciones de mujeres y todas aquellas fuerzas comprometidas con la soberanía y la liberación de los pueblos.

No se trata de eliminar diferencias ideológicas o políticas, sino de comprender que existe un enemigo común y que la defensa de los pueblos exige construir espacios amplios de coordinación y acción conjunta.

Las potencias imperialistas continúan disponiendo de enormes recursos económicos, militares y mediáticos. Sin embargo, ya no pueden imponer su voluntad con la misma facilidad que durante las décadas anteriores. Las resistencias han demostrado capacidad para modificar los cálculos de sus adversarios, alterar los equilibrios regionales y cuestionar las bases de un orden internacional que durante décadas parecía inmutable.

La batalla está lejos de haber terminado. Los pueblos siguen enfrentando agresiones, bloqueos, ocupaciones y campañas de desinformación. Pero también es cierto que las resistencias han logrado romper muchos de los límites que el imperialismo pretendía imponer.

Por eso, una conclusión se vuelve cada vez más evidente: los pueblos que resisten no sólo están defendiendo sus territorios y sus derechos. Están contribuyendo a transformar el rumbo de la historia. Y precisamente por ello, fortalecer la unidad de las fuerzas antiimperialistas y avanzar en la construcción de una amplia red internacional de resistencia constituye una de las tareas estratégicas más importantes de nuestro tiempo.

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