Por Khaled Barakat

El declive del imperialismo estadounidense ha dejado de ser una hipótesis para convertirse en una realidad visible en el terreno: guerras fallidas, crisis internas y una pérdida acelerada de hegemonía global. Frente a ello, los pueblos en resistencia avanzan, reorganizan el equilibrio de fuerzas y abren paso a un nuevo orden mundial que ya no puede sostenerse sobre la dominación unipolar

Ya no se trata de que hablar del retroceso del imperio estadounidense sea un mero análisis académico sometido a la futurología, como ocurría hace dos décadas, sino que se ha convertido en una realidad impuesta por las transformaciones sobre el terreno y la firmeza de los pueblos frente a la hegemonía. Y si hay una lección de la historia, es la del ascenso y declive de las grandes potencias que nacen, envejecen y mueren, como los seres humanos; los imperios no son un destino eterno. Tras el fin de la “Guerra Fría”, Estados Unidos intentó imponer un orden unipolar basado en la intervención militar directa, la hegemonía económica y la subordinación política; incluso hubo quien nos dijo que habíamos llegado al “fin de la historia”. Sin embargo, hoy Estados Unidos afronta grandes desafíos, una profunda crisis y guerras internas y externas que sacuden sus cimientos y sientan las bases de su declive como potencia única. La única constante en las sociedades humanas sigue siendo la permanencia del movimiento, es decir, la interacción —el conflicto— y la evolución.

Las guerras que Washington y su instrumento “Israel” han librado —desde la guerra de Irak hasta la guerra en Afganistán— han puesto de manifiesto los límites del poder militar, ya que se transformaron en un desgaste prolongado sin lograr los objetivos declarados ni los ocultos; además, contribuyeron a fortalecer a las fuerzas de resistencia y a erosionar la imagen de la “potencia invencible”. A pesar de la “victoria” del capitalismo sobre el bloque soviético, la maquinaria de la agresión no se detuvo, sino que las guerras de Estados Unidos contra los pueblos se multiplicaron tras su hegemonía global.

En contraste, se está configurando un nuevo mundo sobre las ruinas de la unipolaridad, con el ascenso de China como gran potencia económica y tecnológica, el regreso de Rusia como actor internacional influyente, y la activación de grandes potencias regionales como Irán, India, Turquía, Brasil y Sudáfrica, entre otras, lo que refleja un cambio en el equilibrio de fuerzas hacia un sistema más multipolar y menos sometido a los dictados estadounidenses. A ello se suman los resultados de la guerra de agresión contra Irán, cuyos vientos no soplaron como deseaban los barcos estadounidenses; más bien, la República Islámica saldrá de esta guerra herida, pero como una fuerza central y decisiva en Asia Occidental y en el mundo.

“La pregunta ya no es si el imperio estadounidense está retrocediendo, sino cómo los pueblos están reconfigurando el equilibrio de fuerzas en el mundo.”

Los hechos son aún más contundentes y claros. La continuidad de la guerra de exterminio en Gaza y el apoyo estadounidense abierto al enemigo sionista han revelado al mundo el rostro violento y brutal de la hegemonía cuando pierde la capacidad de imponer el control, aunque sea mediante la destrucción total. Al mismo tiempo, han caído los discursos sobre la democracia, los derechos humanos y los valores occidentales, mostrando que el enfrentamiento con Irán y sus aliados no resuelve el conflicto, y que el poder tiene límites: la superioridad militar no equivale a la capacidad de lograr las ilusiones de una “victoria aplastante” o una “victoria decisiva”.

La imagen de “Israel”, y en el centro de ella las relaciones entre Estados Unidos e Israel, se ha convertido en un indicador del retroceso del imperio y en objeto de cuestionamiento dentro del propio Estados Unidos, después de haber sido un axioma de la política estadounidense y europea. Esta relación atraviesa uno de sus peores momentos, y no será fácil reparar la imagen de Estados Unidos ni la de los regímenes dependientes subordinados al centro imperial, que también han quedado al descubierto ante sus pueblos. Del mismo modo, los Estados pequeños ya no pueden apostar por la protección estadounidense ni escudarse tras los proyectos de normalización con la entidad enemiga.

Lo que ocurre en el conflicto con Irán ha constituido un momento revelador del colapso de la ilusión de control absoluto. El poder ya no se mide únicamente por el tamaño del arsenal militar, sino que está vinculado a factores más profundos, entre ellos las realidades de la geografía, el curso de la historia, el frente cultural y la disponibilidad de voluntad política y organización. Esto se ha manifestado claramente en la “crisis del estrecho de Ormuz”, que representa una arteria vital para cerca del 20 % de la energía mundial, y que se ha convertido en un instrumento de presión estratégica capaz de alterar los cálculos internacionales sin disparar una sola bala. Esto recuerda a la guerra de Vietnam y a la batalla de Suez de 1956 y sus consecuencias estratégicas para Egipto. Las potencias coloniales pueden ganar cada batalla militar, pero al final perderán la guerra.

Junto a ello, ha emergido un factor no menos importante: la profundización de la unidad popular y de los sentimientos nacionales, culturales y religiosos frente a la agresión. Todos ellos son armas que se suman a los campos de batalla. A pesar de las diferencias políticas respecto al sistema iraní, la opinión pública ha mostrado la cohesión del frente interno, así como en numerosos pueblos y países islámicos, donde ha surgido una amplia simpatía hacia Irán frente a las presiones y amenazas externas. Esto refleja que el conflicto ya no se limita a Estados y ejércitos, sino que se extiende a la conciencia de los pueblos y a su alineamiento. Las naciones que buscan proteger sus recursos y su independencia plena recuperan las armas de la geografía y la historia, y comprenden que deben resistir y perseverar si quieren sobrevivir y vencer.

Paralelamente, se amplían las contradicciones dentro del propio campo de los aliados, ya que las potencias occidentales —especialmente en Europa— ya no pueden implicarse plenamente en las políticas estadounidenses sin cálculos contrapuestos. Esto revela fracturas dentro del sistema occidental que ha liderado el orden internacional durante décadas. Estos países no han entrado en una “guerra directa” contra Irán no por alinearse con la justicia o con el llamado derecho internacional, sino por priorizar sus propios intereses: ya no conviene a Europa ni a Canadá poner todos sus huevos en la cesta estadounidense.

En el plano interno, Estados Unidos se desgasta debido a sus crisis estructurales: una fuerte polarización política, crisis económicas y tensiones sociales, así como un descenso de la confianza en las instituciones. No se trata de crisis pasajeras ni de simples problemas de gestión, sino de la expresión de un fallo más profundo en el propio sistema capitalista. Estados Unidos sufre hoy el agravamiento de su deuda pública, que ha alcanzado los 39 billones de dólares. Y el discurso sobre la fortaleza de la economía estadounidense no es más que una ilusión que algunos intentan vender. La brecha entre el 1 % que gobierna y el conjunto de la sociedad se amplía a un ritmo sin precedentes, mientras la “clase media” se desploma hacia el fondo de la escala social sin una red de protección.

A pesar de mantener su superioridad militar y financiera, Estados Unidos es incapaz de imponer su voluntad. Los criterios de poder no se miden solo por las armas, sino por la capacidad del proyecto político de generar y renovar su legitimidad, sus fuerzas y sus instituciones; una legitimidad falsa que se erosiona bajo el peso de las guerras, las masacres, el dominio de los bancos y las grandes corporaciones transnacionales, y el nuevo sistema tecnológico que empuja a millones de trabajadores hacia la pobreza, la calle y la intemperie.

Lo que permite a fuerzas como Hezbolá, Hamás, Ansar Allah y otras fuerzas árabes e islámicas que se enfrentan al proyecto estadounidense-sionista obtener una creciente presencia internacional y ganar una base popular global es su capacidad para ofrecer modelos revolucionarios vivos que demuestran que los pueblos pueden resistir y mantenerse firmes, a pesar del desequilibrio en la correlación de fuerzas.

Lo que estamos presenciando del retroceso de las potencias coloniales no es una caída repentina, sino el resultado inevitable de un proceso acumulativo de erosión histórica de un imperio del capital construido sobre las ruinas de los pueblos originarios y otras naciones, y que hoy se enfrenta a la resistencia y al ascenso de nuevas fuerzas. Mientras Washington intenta frenar este declive mediante la escalada y una mayor brutalidad dentro y fuera de sus fronteras, los rasgos de un nuevo mundo comienzan a perfilarse. En este contexto, la pregunta ya no es si el imperio estadounidense está retrocediendo, sino cómo las naciones reconfiguran el equilibrio de fuerzas y el nuevo orden mundial en la era posterior al imperio estadounidense.

Este artículo fue publicado originalmente en árabe en Al-akhbar  y ha sido traducido al castellano por el equipo de Masar Badil – Movimiento Ruta Revolucionaria Alternativa Palestina

El retroceso del imperialismo no es un accidente ni una coyuntura pasajera, sino el resultado histórico de la resistencia de los pueblos. Mientras Washington intensifica su agresión para frenar su declive, la realidad se impone: las naciones que luchan por su liberación están abriendo una nueva etapa histórica. Hoy, más que nunca, la tarea es clara: fortalecer la resistencia, profundizar la organización y consolidar un frente internacional capaz de acelerar el fin del orden imperialista y construir un mundo basado en la justicia, la soberanía y la autodeterminación de los pueblos.

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