Por Jaldía Abubakra
Mientras avanzan las negociaciones entre Estados Unidos e Irán, muchos presentan un posible acuerdo como una vía hacia la estabilidad regional. Sin embargo, la historia demuestra que ninguna arquitectura política o de seguridad puede consolidarse mientras persista el proyecto colonial sionista en Palestina. La verdadera cuestión no es cómo preservar los acuerdos, sino cómo enfrentar la principal fuente de inestabilidad, guerra y agresión en nuestra región.
«La paz no llegará gestionando el colonialismo, sino poniendo fin a sus estructuras de dominación.»
Cada vez que Estados Unidos e Irán se acercan a una negociación o a un acuerdo, reaparece la misma esperanza: la posibilidad de reducir las tensiones y abrir una etapa de estabilidad en nuestra región. Los medios de comunicación, los centros de análisis y las cancillerías occidentales presentan estos procesos como oportunidades para contener los conflictos y evitar nuevas guerras. Sin embargo, la experiencia histórica obliga a formular una pregunta mucho más incómoda: ¿Cómo puede sobrevivir cualquier acuerdo mientras continúe existiendo una entidad colonial cuya propia naturaleza depende de la guerra permanente, la expansión territorial y la agresión contra los pueblos de la región?
Durante décadas se ha intentado presentar a Irán, a los movimientos de resistencia o incluso a los pueblos que se niegan a someterse a la hegemonía occidental como los principales factores de inestabilidad. Sin embargo, basta observar la realidad para comprobar que las guerras, las invasiones, los desplazamientos masivos y las agresiones continuadas tienen un denominador común mucho más evidente.
La existencia de la entidad sionista en Palestina no ha traído estabilidad, seguridad ni convivencia. Desde su creación sobre las ruinas de la Nakba y la expulsión del pueblo palestino, el proyecto sionista ha actuado como una fuente permanente de conflicto para toda la región. Palestina continúa bajo ocupación; Gaza sufre un genocidio retransmitido en directo ante los ojos del mundo; el Líbano permanece bajo amenaza constante; Siria ha sido objeto de ataques continuados durante años; Yemen es atacado por sostener una posición de solidaridad activa con Palestina; e Irán ha sido convertido en objetivo permanente de amenazas, sanciones y operaciones de desestabilización.
No se trata de conflictos aislados ni de crisis desconectadas entre sí. Son expresiones distintas de una misma realidad: la necesidad del proyecto sionista de preservar por la fuerza una posición de supremacía militar y política en la región, respaldada por el imperialismo estadounidense y sus aliados occidentales.
Por eso resulta ingenuo pensar que un acuerdo entre Washington y Teherán, por importante que sea, puede resolver por sí mismo las causas profundas de la inestabilidad. El problema no es únicamente que la entidad sionista viole los acuerdos. El problema es que el sionismo nunca ha concebido los acuerdos como un marco para alcanzar una paz justa, sino como instrumentos temporales al servicio de sus propios objetivos estratégicos.
«El problema no es únicamente que la entidad sionista viole los acuerdos. El problema es que el sionismo nunca ha concebido los acuerdos como un camino hacia la justicia, sino como instrumentos temporales al servicio de la expansión colonial.»
La historia de Palestina está llena de ejemplos. Acuerdos, negociaciones, conferencias internacionales y procesos de paz fueron presentados una y otra vez como pasos hacia una solución definitiva. Mientras tanto, las colonias crecieron, la ocupación se consolidó, Jerusalén fue aislada de su entorno palestino, millones de refugiados continuaron privados de su derecho al retorno y el pueblo palestino siguió pagando el precio de una supuesta paz que nunca llegó. Lo que ocurre hoy no es diferente. Mientras se habla de diplomacia y de entendimientos regionales, Gaza continúa siendo sometida al hambre, a los bombardeos y a la destrucción sistemática de las condiciones mínimas para la vida. En Cisjordania se acelera la colonización de la tierra palestina mediante el terrorismo de los colonos, las incursiones militares, las detenciones masivas y la expulsión de comunidades enteras. Jerusalén es sometida a una ofensiva permanente de judaización y limpieza étnica. Y los palestinos de los territorios ocupados en 1948 continúan viviendo bajo un régimen institucionalizado de discriminación racial que les niega la igualdad y busca consolidar la supremacía colonial sionista. De Gaza a Haifa, de Yenín a Naqab, no estamos ante conflictos separados, sino ante un único proyecto de colonización y desplazamiento que afecta al conjunto del pueblo palestino.
La pregunta, por tanto, no es únicamente cómo evitar que un futuro acuerdo fracase. La pregunta es cómo puede construirse una paz duradera sobre la base de un proyecto colonial que necesita la guerra para justificar su existencia. Durante años se nos ha dicho que la solución pasa por gestionar el conflicto. Pero los pueblos de nuestra región han aprendido, a través de generaciones de lucha y sacrificio, que el colonialismo no se gestiona. El colonialismo se derrota.
Tampoco el apartheid sudafricano fue superado mediante su administración indefinida. La comunidad internacional terminó comprendiendo que la paz y la justicia exigían desmantelar el sistema que producía la opresión. La misma lección sigue siendo válida para Palestina. El sionismo no es únicamente una ideología política. Es un proyecto colonial de asentamiento que ha construido sus instituciones sobre la expulsión del pueblo palestino, la apropiación de su tierra y la negación de sus derechos nacionales.
Por eso la estabilidad de la región no pasa por integrar al proyecto sionista en una nueva arquitectura de seguridad ni por concederle nuevas garantías políticas y militares. Pasa por poner fin a la impunidad que le permite actuar por encima de todas las leyes internacionales. Pasa por el aislamiento político, económico, académico, cultural y deportivo de la entidad sionista. Pasa por apoyar la resistencia de los pueblos frente al colonialismo y por fortalecer las luchas que enfrentan simultáneamente al sionismo y al imperialismo.
La liberación de Palestina no es únicamente una cuestión palestina. Es una condición necesaria para la justicia y la estabilidad de toda la región. Del mismo modo que la entidad sionista constituye una avanzada del colonialismo y de la dominación imperialista en nuestra tierra, la liberación de Palestina representa también una contribución decisiva a la emancipación de los pueblos árabes y de todos los pueblos que luchan contra la explotación, la ocupación y la subordinación.
Quienes hoy se preguntan cómo preservar un acuerdo entre Estados Unidos e Irán deberían formular una pregunta diferente. No se trata de qué hacer con Irán. No se trata de qué hacer con la resistencia palestina. La cuestión fundamental es otra: ¿Cómo puede sobrevivir cualquier acuerdo mientras continúe existiendo un proyecto colonial que considera la guerra, la ocupación y la agresión como herramientas legítimas para garantizar su supervivencia?
Hasta que esa pregunta no encuentre una respuesta real, ningún acuerdo será definitivo. Porque la raíz de la inestabilidad no está en la resistencia de los pueblos. La raíz de la inestabilidad está en la persistencia del colonialismo, el sionismo y la dominación imperialista. Y Palestina sigue siendo hoy el principal escenario donde esa realidad se manifiesta con toda su crudeza, pero también donde se expresa con mayor claridad la esperanza de liberación de nuestra región y de nuestros pueblos.